Jana – Jueves 26 de febrero, 11.53 h
Las galerías quedan solas de noche. Los cines, los teatros también.
Las tiendas online en cambio, permanecen abiertas, es decir disponibles, las 24 h. Me pregunto qué fantasmas habitarán el futuro tecnológico, restos de código, funciones que quedaron en el limbo, frameworks muertos. Pequeñas almas digitales vagando por servidores.
Las obras están. Se ven a través de la pantalla, pero no parecen del todo reales. Lo que vemos son registros que buscan atrapar una experiencia. ¿Será posible trasladar esa aura física hacia la virtualidad sin que pierda su clima?
La pandemia nos mostró que podemos vivir encerrados. Que podemos existir mediados por pantallas. Esa fue, quizás, su enseñanza más radical. Y en ese contexto, siendo gestora cultural y también una pequeña coleccionista (muy, muy humilde), comprar online muchas veces me regaló cierto anonimato (ahí yo me volvía fantasma). Nadie me veía entrar ni mirar. Era solo yo con la obra, con la imagen, con el deseo. Leía que en recientes análisis de mercado de Christie’s afirman que cada vez más personas compran online, y me pregunto si no habrá algo de este deseo de habitar una zona sin miradas, sin expectativas y sin performance.
Antes, cuando iba a una galería, no miraba solo la obra, también observaba la humedad de las paredes, los rastros de pintura rápida tapando recovecos, la luz fría y melancólica del techo. Hoy ese espacio se ve reemplazado por un entorno prediseñado, pulido, customizado. Pero creo que en realidad la huella no desaparece, más bien se oculta, se elige no mostrar. Y todas esas fallas quedan guardadas, como fantasmas en habitaciones cerradas.
Me acuerdo de cuando frente a la computadora le decía a mi abuela “apretá ese botón”, y ella respondía “no veo ningún botón en la pantalla”. Esa sensación de volumen o existencia es evidentemente ficticia, semántica. Casi como “Esto no es una pipa” de Magritte o “Tres sillas” de Kosuth. La idea, la imagen y la cosa existiendo en distintos planos de realidad.
Comprar obras en el universo digital es también un lugar. Tal vez un entre tiempo. Un espacio suspendido entre elegir y retirar, entre imaginar y colgar en la pared. Cuando compré online la obra de Luisina Fusile, “El caminante”, recuerdo ir después a retirarla pensando: ¿estaba enmarcada? ¿Qué tamaño tenía? Como si la obra hubiera existido primero en un estado espectral, sin peso, sin cuerpo, y solo después hubiera tomado forma.
¿Acaso vale la pena salir de la virtualidad, de esa realidad paralela que ya se volvió cotidiana?
¿Y qué harán las tiendas online de noche, cuando nadie las mira?
En lo personal, me gusta que no cierren, que no tengan horario. Esa posibilidad de volverse un poco fantasma como una forma de libertad, de poder mirar lento, de contemplar en silencio.
Para vos Nico, ¿cambia la experiencia de comprar arte cuando uno puede volverse un poco fantasma?
Nico – Martes 17 de marzo, 10:30 h
La virtualidad nos trajo muchas soluciones —comodidad, velocidad—, pero también cierta fricción en esa misma fluidez.
A veces siento que todo nos llega un poco (o bastante) masticado, y eso nos deja en un lugar de seleccionadores casi automática. Algo de ese gesto nos corre del acto creativo, con sus desperfectos, su pulso más humano.
Ojo, a mí me encanta navegar galerías virtuales: ver qué obras nuevas hay, en qué anda tal artista, los precios, las materialidades. Pero al mismo tiempo las miro con una leve desconfianza, como si la obra en vivo siempre fuera a desbordar lo que la pantalla alcanza a decir. ¿Será más grande, más chica de lo que imagino? ¿Qué peso tendrá? ¿Cuánto detalle aparece cuando uno se acerca? Las preguntas quedan flotando.
Muchas veces me pregunto si esta forma de navegar tiene que ver con una cuestión generacional (1988) o si a las generaciones más chicas también les pasa. En todo caso, me lleva a pensar cómo podrían las galerías virtuales alojar mejor no solo las obras, sino también los procesos, los recorridos, lo que no siempre entra en una imagen.
Y, sin embargo, hay algo tranquilizador en saber que lo presencial sigue siendo irremplazable. La experiencia ahí se expande: el ida y vuelta de una charla, el olor a materiales frescos, los ruidos —o el silencio—.
También hay algo atractivo en el anonimato de la compra virtual, silenciosa y a distancia. Algo cómodo. Simple.
Pero hoy tengo ganas de ir hacia otro lado.
Buscar ciertas incomodidades: cruzarme con gente que no conozco, tener que presentarme, improvisar una charla, ver qué pasa ahí.
Celebro, quizás, una especie de “decrecimiento tecnológico”. Bajar un poco la velocidad.
Volver al encuentro con el otro, y a todo lo que —todavía— no sabemos explicar del todo.




